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Año III - Número 85 -  17 de febrero de 2005
Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Argentina

 

Edición electrónica quincenal y gratuita, gentileza del Sitio de investigación y capacitación Transdisciplina creativa, destinada a estudiantes, profesionales, empresas y estudiosos en general.


Casi siempre se hallan en nuestras manos los  recursos que pedimos al cielo. 
William Shakespeare


                   

g   Contenidos   g

  • Editorial

  • No se puede forzar la democracia, por Francis Fukuyama

  • La profecía neoconservadora. Eje transatlántico, por Josep María Ruiz Simon

  • Liberalismo genuino. Rupturas y recomposiciones, por Ferran Sáez Mateu

  • Y Fukuyama gritó: ¡Moisés, Moisés!, por Enric Juliana

  • LosCardales.NET

  • ¿Compartimos una frase para reflexionar?

 

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g   Editorial   g

 

Hola amigos, ¿cómo están después de la pausa veraniega que este año se ha tomado el equipo de Transdisciplina creativa?

 

Nosotros, renovados por el descanso, estamos discutiendo nuevas propuestas, que ya les haremos conocer.

 

 

En la edición especial de hoy, les proponemos reflexionar, por medio del pensamiento de Francis Fukuyama y de distintos comentarios sobre sus posturas clásicas y presentes, sobre los grandes parámetros de la política mundial: el rol del estado-nación hoy, el liberalismo, el  neoconservadorismo, el liderazgo de Estados Unidos, la posibilidad de una guerra contra Irak, la situación de Europa. Y los invitamos a imaginar, desde estos temas que nos obligan a levantar la mirada de nuestra cotidianeidad -ya sea personal o periodística local- cuál es su incidencia en el presente de nuestros respectivos países, y cuál en el futuro inmediato.

 

 

También queremos presentarles el nuevo emprendimiento de un suscriptor amigo, a quien le agradecemos que nos haya incluido en su propuesta.

 

 

Retomamos la periodicidad esperando que el contenido de esta entrega les interese y los motive.

 

 

Un cordial saludo.

 

 

 

Cecilia Suárez

ceciliasuarez-online@fibertel.com.ar 

 

g   Entrevista a Francis Fukuyama   g
No se puede forzar la democracia
Entrevista de Daniel Galper

Invitado por la Fundación FAES, Francis Fukuyama(1952), catedrático de política económica internacional en la Johns Hopkins University y archiconocido por su declaración del Fin de la Historia en 1989, disertó en Madrid acerca de si ¿Sigue la historia de nuestro lado? Poco antes de partir de vuelta hacia Washington, Fukuyama concedió una entrevista a Cultura/s, tras haber visitado Córdoba en compañía y por recomendación de Ana Palacio -coordinadora del ciclo de conferencias La revolución de la libertad- para conocer de primera mano el Al-Andalus que reclama Bin Laden en sus discursos. En la maleta se llevaba cuatro o cinco botellas de aceite, regalo de la ex ministra, que también puso en sus manos un ejemplar de su último libro La construcción del Estado (Ediciones B) para que estampara en él una dedicatoria "para José María".

- ¿Se puede justificar la coerción de un pueblo en nombre de la libertad y de la democracia?

Ahí hay una contradicción. Lo que está claro es que si el pueblo no lo quiere, nadie puede forzarlo a ser una democracia. En el caso de Iraq, los Estados Unidos no van a forzar a nadie a ser democrático. Si ven que la imposición de la democracia es un fracaso, se irán. La respuesta es muy simple.

- Usted habla de estatalidad (stateness) y dice que el problema del orden mundial se resolvería con estados mejores, más fuertes. ¿Qué significa tener estados más fuertes? ¿No se opone esto al dogma neoliberal del estado mínimo? 

La distinción crucial es entre el alcance y la fuerza del estado. Son asuntos completamente distintos. El alcance del estado tiene que ver con el número de funciones que el estado desempeña, por ejemplo, la regulación de algunos sectores o las protecciones sociales. Pero todas estas funciones pueden desempeñarse mejor o peor, en términos de la habilidad del estado para hacer valer su voluntad sobre la sociedad. Lo que usted llama dogma neoliberal sostiene que un estado más pequeño en términos de su alcance tiende a ser económicamente más eficiente que los estados que regulan y protegen exageradamente sus economías. Pero con independencia del alcance del estado, éste debe ser fuerte.

- ¿Cuál es el grado óptimo del alcance y de la fuerza de un estado?

Si el objetivo primordial es el crecimiento económico entonces los Estados Unidos son un buen ejemplo con un alcance limitado de la acción del estado y bastante fuerza. Pero los estados persiguen otros objetivos, como en Europa, donde hay un fuerte deseo de protección social. Se trata de las elecciones históricamente determinadas que ha hecho la sociedad, una especie de transferencia compensatoria entre libertad e igualdad. Pero en cualquier caso es mejor estar en altos niveles de fuerza y de alcance del estado, en los que sea lo que sea lo que haga el estado, lo hace bien.

- ¿Qué relación hay entre la debilidad del estado y la pobreza?

La pregunta que me interesa es por qué algunos países en desarrollo siguen siendo pobres, mientras que otros como Corea del Sur o Taiwán sacan partido de la economía global. La diferencia radica en el mal gobierno, en la ausencia, debilidad o corrupción del estado.

- Desde Europa se considera que la preferencia por un estado de mayor alcance nos otorga una superioridad moral frente al modelo estadounidense.

No creo que sea una elección moral, sino una elección entre bienes en disputa. Los Estados Unidos tienen un amplio estado de bienestar, dedicamos algo así como el 40% del PIB en los sectores estatales, frente al 50% de Europa. La economía moderna funciona de manera que con menos regulación y mercados de trabajo más flexibles habrá una tasa de empleo más alta y más desigualdad en los ingresos. Y esta es la gran diferencia entre Europa y los EE.UU. Muchos países europeos tienen tasas de desempleo del 10% o más, mientras que los últimos años los EE.UU. han tenido un 3% o un 4%, pero más desigualdad en los ingresos. Uno de los rasgos que me parece importante para valorar la moralidad de estos sistemas es el trato que reciben los inmigrantes. En los EE.UU. tenemos mercados de trabajo flexibles, de modo que casi todos estos inmigrantes pueden tener trabajo, a veces incluso dos o tres trabajos; en Europa, en cambio, muchas veces ingresan directamente en el sistema de bienestar, lo que lleva al desempleo, la alienación, etc. ¿Es esto un resultado más moral que el americano?

- Usted habla no sólo del estado fuerte sino también de una sociedad civil fuerte, lo cual entronca con lo que escribió en ´La confianza´. ¿Qué es una sociedad civil fuerte?

Creo que todas las democracias necesitan sociedades civiles fuertes para protegerse del gobierno y para hacerlo más fuerte. Si no se tiene una sociedad civil que se movilice de manera independiente y que actúe como perro guardián frente al Estado, lo que habrá es una elite de legisladores autoritarios que manipularán las leyes en beneficio propio.

- ¿Promueve la confianza también el crecimiento económico?

El crecimiento económico no sólo requiere empresas sino que se da también en el marco de las relaciones sociales. Si no existe cierta confianza en el comportamiento de los otros basada en los principios morales de honestidad y reciprocidad, es muy difícil que haya una economía que funcione bien. La confianza reduce lo que los economistas llaman costes de transacción. Si no te fías de alguien, puedes seguir haciendo negocios con él, pero necesitas un montón de abogados. El motivo por el que Silicon Valley funciona tan bien es que a pesar de ser tan competitivo, es un ámbito de mucha confianza. Los contratos son significativamente más cortos que en el resto del país, porque la gente procede de un trasfondo educativo y social semejante en el que están acostumbrados a jugar con las reglas del juego y a no hacer trampas.

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La profecía neoconservadora, por Josep María Ruiz Simon   

Eje transatlántico

Corría el año 1989. En París se celebraban los fastos del bicentenario de la Revolución Francesa. En Berlín caía el Muro. Y en EE.UU., Francis Fukuyama, director adjunto de planificación política del Departamento de Estado, publicaba, en The National Interest, un artículo que le convirtió en  una celebridad: ¿El fin de la història? Este escrito fue mayoritariamente acogido, y aún suele ser recordado, como una optimista apoteosis triunfal de la democracia liberal y del liberalismo económico que salían vencedores de la guerra fría. Pero se trataba de una interpretación errónea. De hecho, aunque respondía afirmativamente a la pregunta que daba título a su artículo, aunque mantenía que la democracía liberal podía constituir el punto final de la evolución ideológica de la humanidad, su autor no veía demasiados motivos para alegrarse de la confirmación de la llegada  del fin de los tiempos. "El fin de la historia -profetizaba melancólico- será una época muy triste". Esta melancólica profecía traducía fielmente los puntos de vista de su selecto club intelectual, el  de los audodenominados neoconservadores, que, si no querían tracionarse a sí mismos ni a su común, venerado y difunto maestro Leo Strauss, sólo podían hacer ver en lo que se presumía c omo victoria la amenaza de una catástrofe. Y es que ¿El fin de la historia? era, como luego lo fue El fin de la historia y el útimo hombre, publicado por Fukuyama en 1992, un brillante ejercicio de escolasticismo straussiano y, más concretamente, una puesta al día, con la mirada puesta en los nuevos acontecimientos, de un ya viejo debate entre Leo Strauss y su amigo Alexander Kojève.

 

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 Liberalismo genuino, por Ferran Sáez Mateu

Rupturas y recomposiciones

En 1989, y en cuestión de pocas semanas, Francis Fukuyama pasó de un relativo anonimato a la fama mundial a raíz de un artículo periodístico que decretaba el fin de la historia. A Samuel Huntington le ocurrió algo parecido en 1993, cuando publicó en Foreign Affairs un texto que anunciaba la posibilidad de un choque de civilizaciones. Ambos artículos dieron lugar a sendos libros de dimensiones considerables y repercusiones más bien inauditas. A partir de entonces, Fukuyama y Huntington se transformaron en una especie de tándemi deológico que, previamente caricaturizado, servía igual para un roto que para un descosido. El 11-S alguien no muy dado a las sutilezas sentenció que Fukuyama había perdido -la historia seguía su dramático e imprevisible curso mientras que los vaticinios de Huntington parecian haberse confirmado. El supuesto perdedor publicó un artículo en The Observer (Hay que regresar al Estado, 4 julio de 2004) donde parecía retractarse de sus veleidades proféticas de hacía 15 años, pero no de su trasfondo. El liberalismo genuino -el de Hayek, sin ir más lejos- nunca ha sido partidario de convertir el Estado en una entidad raquítica y residual; quien tenga alguna duda, que relea Camino de servidumbre.

A mediados de los 90, Fukuyama y Huntington fueron ubicados en la órbita ideológica de, por ejemplo, Newt Gingrich, personaje clave del giro conservador que se produjo en EE.UU. cuando Clinton todavía detentaba el poder. Esa apreciación resulta equívoca o, cuando menos, sesgada.
Fukuyama es, esencialmente, un académico made in Harvard, no un ideólogo formado en las rudas trincheras de la política. Colaboró con el Departamento de Estado en calidad de analista en los tiempos de Bush (padre) pero su producción teórica no tiene nada que ver con la fraseología que generan los intelectuales orgánicos, ni tampoco con el inconfundible tufillo a refrito de conceptos (no de ideas) que acostumbra a emanar de los think tanks, sean de derechas o izquierdas.

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 Y Fukuyama gritó: ¡Moisés, Moisés!, por Enric Juliana
A Francis Fukuyama le correspone el mérito de haber popularizado una de las provocaciones que, en los últimos veinte años, más han puesto a prueba el sistema nervioso de la intelectualidad europea, aparentemente muy experimentada en el juego transgresor. Para muchos sólo fue un mero enunciado, un flash, una frase lapidaria -"la historia ha terminado"- que apuntaba a una lectura descaradamente distinta del mundo en un momento de esperanza, perplejidad y desconcierto en el tablero mundial. Ante el colapso final de la Unión Soviética, el orden de las emociones variaba según los países y las escuelas de pensamiento, pero en ningún caso se alteraba el producto: un azoramiento generalizado.

El célebre artículo sobre el fin de la historia fue recibido como una auténtica afrenta por todas las corrientes emparentadas con el marxismo. También por aquellas que veían en el derrumbe de la Unión Soviética una bendición del cielo que dejaba finalmente expedito el camino para la socialdemocracia y sus bondades equilibradoras. Tampoco gustó al catolicismo social, ya en aquellos momentos muy baqueteado por el nuevo curso del romano y polaco pontífice. Y ni siquiera emocionó a la democracia cristiana de corte más convencional, entonces entusiasmada a la entronización de la Vírgen María en el glacis ex soviético.

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 Los Cardales.NET

Nuestro amigo y suscriptor, Horacio Gonzalo, nos invitó a participar en la inauguración de la página web LosCardales.NET mediante la publicación del artículo "Tragedia en la discoteca de la ciudad de Buenos Aires".

Gracias, Horacio, y... ¡Muchos éxitos!

Te invitamos a conocer LosCardales.NET 

 

 

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              José Ortega y Gasset

 

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