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Año II - Número 78 -  7 de octubre de 2004
Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Argentina

 

Edición electrónica quincenal y gratuita, gentileza del Sitio de investigación y capacitación Transdisciplina creativa, destinada a estudiantes, profesionales, empresas y estudiosos en general.


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g   Editorial   g

 

Hola amigos, ¿cómo están?

 

Nuestro país, la Argentina, fue sacudido por una tragedia que nos ha dejado perplejos, doloridos y asustados, y que nos enfrenta a la obligación de encarar, en todos los niveles posibles -la familia, los grupos de amigos, las escuelas, los distintos espacios de intercambio social, y, muy especialmente, en los ámbitos especializados y en los poderes publicos-, profundas reflexiones tendientes al diseño de estrategias particulares y medidas educativas y de protección pública, a fin de estar preparados para prevenir, en la medida de las posibilidades de cada uno, y también de las posibilidades reales, episodios como el acontecido.

 

Como es de dominio público en una escuela de la ciudad de Carmen de Patagones, que está situada en el sur de la provincia de Buenos Aires, lindante con la Patagonia argentina, un adolescente de quince años baleó a sus compañeros de clase con un arma perteneciente a su padre, resultando tres muertos y cinco heridos.

 

Los miembros del equipo de trabajo de Transdisciplina creativa, que compartimos la preocupación generalizada por las consecuencias que la proliferación de la violencia, aceptada como un hecho natural de la vida civilizada de nuestro país, genera en nuestros hijos como en todos los chicos y adolescentes, compartimos también el criterio expresado por Eva Giberti: no queremos esbozar interpretaciones improvisadas "que no sabemos si se acercan a las razones irracionales que alguien encuentra para matar al voleo".

 

Preferimos expresar nuestro respeto, en primer lugar, por el dolor de los familiares de las víctimas, de sus amigos y compañeros de escuela, y de la comunidad de Carmen de Patagones, pero también nuestro silencioso respeto por la situación de (volvemos a utilizar las palabras de Giberti) "la víctima que empuñó el arma" y su familia.

 

Compartimos también lo expresado por el psiquiatra José Eduardo Abadi, en el sentido de que intervino una sumatoria de causas para que se manifestara una conducta enferma desde lo psicopatológico: lo que Freud llamó "series complementarias", lo biológico, situaciones exógenas que afectan la vulnerabilidad del sujeto derivada de su historia personal, factores ambientales como el clima social, los estímulos recibidos, el lugar en que le toca vivir, las informaciones recibidas; en suma, los factores predisponentes y desencadenantes que dieron lugar a una enferma explosión de violencia sin control.

 

Coincidimos también con Abadi en la necesidad de realizar un profundo trabajo reparatorio porque episodios como éste producen un profundo trauma social.

 

La violencia es consecuencia y causa de enfermedades. Y si a la violencia se le suma el miedo, el círculo vicioso generado requiere un trabajo serio y sostenido de reparación.

 

En ese sentido, sumamos en esta edición nuestro modestísimo aporte, mediante la inclusión de un artículo de la periodista venezolana Susana Pezzano que enmarca el tema en el contexto socio-económico del país, y dos estudios sobre el concepto de resiliencia: el primero del argentino Emiliano Galende y el segundo del especialista francés Boris Cyrulnik.

 

Publicamos además, interesantes opiniones de Julio Cortázar sobre el cuento y su delicioso texto La autopista del sur. Como final un poema de Vicente Huidobro.

 

 

Esperamos, una vez más, que los materiales de hoy les sirvan de herramientas para reflexionar.

 

 

Un cordial saludo.

 

 

Cecilia Suárez

ceciliasuarez-online@fibertel.com.ar 

g La tragedia de una escuela argentina, por Susana Pezzano g

 

 

Ø   Publicado por La Insignia. Venezuela, octubre del 2004.   ×

  

La tragedia desatada en Argentina por un adolescente de 15 años que ingresó a su escuela con una pistola, mató a 3 compañeros e hirió a 5, conmueve a una sociedad cada vez más preocupada por la violencia y plantea una reflexión: ¿se buscan culpables externos para exorcizar los propios temores o se exploran explicaciones para tratar de comprender las múltiples causas que desencadenaron el drama?

La psicóloga Eva Giberti, creadora de las Escuelas para Padres, advertía de que la tendencia inmediata a adjudicar culpas es un ejercicio destinado a "aliviar el sobresalto que produce no poder entender ni controlar algo tan terrible".

El dedo acusador apuntaría en una peligrosa cadena a los "jóvenes violentos", los padres despreocupados, la escuela que no detectó ninguna anormalidad ni el ingreso del arma. Y se extendería desde la crítica del sistema educativo al conjunto de la sociedad por el déficit de valores y el superávit de violencia. Una generalización de este tipo, basada en lugares comunes, no ayuda a comprender. Tampoco la lógica del "nada sirve, todo va mal" que sólo calma conciencias y diluye responsabilidades.

Dentro de esa misma cadena, un sector de la sociedad apela al expediente simple de aumentar las penas y los controles. Unos abogan por bajar el límite de edad para ser imputados por delitos; otros piden mayores castigos para los padres que no resguardan el uso de las armas por sus hijos. Una encuesta del diario La Nación, que preguntaba si las escuelas debían controlar que los alumnos no llevaran armas, arrojó un 77 por ciento a favor y sólo un 22 por ciento en contra.

El ministro de Educación, Daniel Filmus, se negó a instalar detectores en las escuelas. Pidió, eso sí, mayor cuidado y responsabilidad a los que portan armas. En Argentina hay 2.200.000 registradas y casi un millón "en negro". Otros calculan que una de cada tres familias tiene una. Los descuidos pueden tener graves consecuencias en sociedades donde crece el espiral de violencia. En Venezuela, otro país donde gran parte de la población está armada, las muertes violentas ascendieron al centenar en un solo fin de semana. Más que en Kosovo y en Irak.

Filmus, quien evita convertir los colegios en cárceles disimuladas, admitió que "la violencia que vemos en el conjunto de la sociedad también ha tomado a la escuela". Una encuesta efectuada por el diario Clarín, el mismo día que se produjeron los tristes sucesos, confirmó la presunción del ministro. De un universo de 10.572 votantes, un 66,8 por ciento consideró que los hechos eran consecuencia de un clima de violencia social.

Sin embargo, Filmus aclaró que lo ocurrido en la escuela de Carmen de Patagones- . un apacible pueblo de 28.000 habitantes- "no puede tomarse como un caso clásico". Si bien muchos jóvenes tienen crisis y hasta manifestaciones violentas, "aquí lo que hizo la diferencia fue el acceso a un arma". Fue una pistola 9 milímetros, propiedad del padre, suboficial de la Prefectura Naval.

¿Es suficiente cargar las tintas en las armas de fuego? Parece ser correcto en el caso de Estados Unidos, donde hay más de 200 millones de pistolas y fusiles en manos de la población civil y 11 mil muertes anuales por este motivo. Es la denuncia de Michael Moore en la película Bowling Columbine, que alude a la masacre perpetrada en un instituto de ese país por dos jóvenes, quienes mataron a doce compañeros y un profesor, para conmemorar el nacimiento de Hitler. En el caso del joven argentino no surgen motivaciones políticas. Su tía dice: "era un chico tranquilo". Sus amigos lo definen como un muchacho introvertido y tímido, con algunas dificultades para relacionarse. Amante del rock de Marylin Manson, vestía de negro y jugaba fútbol. Ninguna de estas características explica la tragedia.

Especialistas entrevistados aluden a un probable "brote psicótico", esquizofrenia, trastornos agudos. La jueza de la causa, Alicia Ramallo, precisó que el adolescente tuvo, hace dos años "notorios cambios de conducta, con rasgos obsesivos y fóbicos". Tras un primer momento de no tener conciencia de lo que hizo, después se arrepintió.

El padre llora desconsoladamente, el hijo afronta la reclusión con tranquilidad. Comentan que el día anterior pelearon. Unos afirman que ningún familiar lo visitó en la cárcel. Otros aseguran que él no quiere recibir a nadie. Dicen que en el pupitre de la escuela había tallado frases inquietantes. "La mentira es la base de la felicidad de los hombres", "Lo más sensato que podemos hacer los seres humanos es suicidarnos". Son informaciones que recogen los medios; rastros y señales que el muchacho fue regando.

La psicoanalista Silvia Bleichmar señala que "lo más brutal es que las causas que llevaron a este desenlace estuvieron larvadas durante años".Otra vez surge la pregunta, un duda metódica que calcina: ¿Por qué nadie se dio cuenta? ¿Por qué no se advirtió a tiempo? ¿De haber recibido atención especializada se habría evitado la tragedia?

Otra vez nace la tentación de acusar a los padres, más por la aparente despreocupación ante los síntomas del hijo que por el descuido en el arma de fuego. Acusar a los docentes que no se preguntaron qué había detrás de las frases esculpidas en el pupitre. Sería una lectura simplista que permitiría dar vuelta la página.

Pero tal vez se requiera hacer lo contrario. Analizar los hechos como una tragedia inédita que se inscribe en una página en blanco, sobre el telón de fondo de un país que hace tres décadas viene sufriendo diversas grados y formas de violencia. Página que habrá que ir dotando de sentido mediante explicaciones objetivas, más allá de coberturas sensacionalistas, y más acá de un debate profundo y tolerante sobre el tipo de sociedad que se quiere construir.

Dos días después del ataque a la escuela, un estudio de la consultora Equis reveló que, en la Argentina, 58 de cada 100 chicos menores de 14 años son pobres y un 25 por ciento es indigente y sufre severos riesgos alimentarios. En términos absolutos implica que en el primer rango hay 3.350.000 niños y en el segundo 1.467.500. Es otra forma de violencia. ¿No convendría preguntarse bajo qué forma estallará en el futuro y qué se puede hacer a partir de ahora?

Gentileza de: http://www.lainsignia.org/

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g   A propósito de la resiliencia, por Emiliano Galende*   g

Ø   Fuerzas de flaqueza   ×  

La “resiliencia” ha sido definida como la capacidad de enfrentar la 
adversidad y, de esa prueba, salir fortalecido. Para el autor de esta nota, 
su estudio es “un llamado a explorar y conocer a aquellos que tuvieron 
éxito frente a la adversidad o que, ante ella, se enriquecieron como 
personas”. El sujeto resiliente “no es un adaptado ni un inadaptado: es un 
sujeto crítico, capaz de apropiarse de los valores de su cultura”.

¿Qué es la resiliencia? Cierta sorpresa rodea la respuesta: se trata de algo que pertenece a la experiencia común (siempre supimos de su existencia) pero a la vez nos interroga, cambia el eje sobre el cual estamos habituados a pensar los temas de salud y sus soluciones. Se trata de un llamado, entre otras cosas, a ocuparnos no sólo de las “víctimas” de los factores de riesgo, sino a explorar y conocer a aquellos que tuvieron éxito frente a la adversidad o que se enriquecieron como personas con ella. Pensar la resiliencia es subvertir la idea de causalidad que gobierna el pensamiento médico positivista y algunas concepciones de la salud. Este concepto introduce el azar, lo aleatorio, altera la idea de relaciones necesarias entre los fenómenos de la vida. Introducir el azar es a la vez introducir al sujeto capaz de valoraciones, de crear sentidos a su vida, de producir nuevas significaciones en relación con los acontecimientos de su existencia. Es pensar a un individuo, no como víctima pasiva de sus circunstancias, sino como sujeto activo de su experiencia.
“Resiliencia” evoca desde el inicio la idea de complejidad e integración: complejidad de los procesos reales en que se desenvuelve la vida; integración de esos niveles que la ciencia separa para su conocimiento pero que sólo tienen una existencia integrada en la experiencia del hombre: los mecanismos biológicos del cuerpo, la vida psíquica y la existencia social. No se trata de una materia biopsicosocial ya construida, que pueda atravesar bien o mal la adversidad. La adversidad misma, en términos de situaciones críticas que se imponen al individuo, es productora de esa integración que es condición para una subjetividad resiliente, es decir, productora en el sujeto de nuevos significados y valores que surgen en la experiencia y determinan un sentido posterior: “Cuando me pasó eso..., aprendí”. Ese aprender es en sí mismo un conocimiento y un nuevo recurso integrado al cuerpo, a la mente y a la acción sociocomunitaria del individuo.
¿Una nueva disciplina? Quizá más bien una nueva mirada sobre viejos problemas del hombre. Sus comienzos, en la observación empírica de las relaciones entre infancia y pobreza, llevaron a buscar respuestas en diversas disciplinas: la sociología, la salud, la psicología, la antropología e incluso la reflexión filosófica sobre la naturaleza de lo humano. Lo cierto es que abre un continente que excede lo puramente médico.
Esta subversión de la idea de casualidad instala los problemas bajo otros interrogantes: la relación entre ambiente social favorable y salud no es lineal. La antigua epidemiología, surgida del estudio de poblaciones expuestas a determinados flagelos, se muestra insuficiente para dar cuenta de esta relación. Tampoco es lineal la relación entre entorno familiar protector y bienestar psíquico o salud mental. Sin duda, al menos en algunas de las mejores familias, hay hijos problemáticos, y en el “Primer Mundo”, con ambientes sociales de integración y bienestar, se observan daños importantes a la salud y la salud mental: violencia, drogas, suicidios, depresiones. El eje de los estudios ha cambiado: desde aquella relación empírica entre condiciones socioambientales, familiares y la salud, hacia los problemas de la inclusión y la exclusión sociales. La principal ventaja consiste en que con la categoría de resiliencia no se patologiza la pobreza y la exclusión social, sino que más bien se amplían los horizontes para su comprensión.

- - -

El psicoanálisis ha enfatizado la dominancia, para la producción de subjetividad, de ciertas regiones tradicionales de lo social, tales como la familia edípica, la institución escolar, las relaciones con la ley, la función de la religión, etcétera. Estas regiones tradicionales están sufriendo cambios profundos, multiplicándose y diversificándose. Hoy resulta difícil hablar de “la familia” como una sola forma de vínculo filial; de “la escuela” y su valor en la formación como un territorio coherente y homogéneo; de “la sexualidad” normal como una normatividad consensuada acerca del comportamiento sexual, cuando más bien observamos la diversidad y el polimorfismo aceptado socialmente; de “la ley” en forma abstracta, cuando su funcionamiento se ha convertido en campo de lucha; o aun de “la religión”, cuando sus variaciones han hecho estallar su sentido tradicional. Asimismo, nuevas instituciones sociales han asumido un papel dominante en la producción de subjetividad, como los medios masivos de comunicación, en especial la televisión, el cine y, en estos tiempos, la informática. Por esta razón la producción subjetiva está menos ligada a las funciones tradicionales de la familia y la escuela, lo que genera cierto caos o dispersión, pero también nuevas e insólitas posibilidades para el ser humano.
Observemos esto en relación con las funciones del padre, una de las más importantes en la producción de subjetividad. Freud mostró la función esencial del padre para la constitución de la identidad y la sociabilidad del individuo. Señaló cómo en cada sujeto se inscribe la imagen de un “padre primitivo”, ligado a las figuraciones más arcaicas del poder. Cuando se relajan o debilitan aspectos de la función del padre, esto hace que, lejos de ampliarse el campo de libertad del individuo, adquieran más dominio sobre él los aspectos regresivos del “padre primitivo”, que remiten en lo inconsciente a un padre temido y anhelado al mismo tiempo, y que en la vida social propician la formación de agrupamientos, al modo de la horda, en torno a un líder fuerte y violento, que tiende a exaltar los sentimientos de identidad y de aniquilación de los diferentes. Este rasgo subjetivo está hoy más que insinuado en la vida social.
Por otra parte, el padre idealizado (“padre muerto”), que da lugar a la formación del ideal del yo, es condición subjetiva en el individuo para la formación del lazo social y también de los proyectos colectivos, sociales, de las utopías que implican a cada individuo y al conjunto en la búsqueda de la transformación social. Porque siempre los proyectos colectivos de transformación son a la vez proyectos de lucha contra el poder opresivo, autoritario o arbitrario. Vale recordar que la función del ideal del yo, que puede extenderse a la formación de los ideales colectivos, no es la de anular la agresividad o la violencia ligada al padre primitivo, pero sí la de efectuar cierta pacificación por vía de organizar sus sentidos para el individuo o grupo.
La pérdida o el debilitamiento de las funciones del padre que, además de su ordenamiento simbólico, requiere, en el devenir del individuo, su ejercicio real por el adulto, no puede sino afectar los modos del lazo social y la conformación de valores en los colectivos sociales. Por eso no debería sorprendernos observar que los cambios en las funciones paternas vayan acompañados de vínculos sociales de nuevo tipo; que, debilitados los sentimientos fraternos –ya que la fratría y los sentimientos que genera entre hermanos sólo surgen en relación con su unión frente a quien quiere dominarlos–, resurjan formas de fundamentalismo, religioso o político, que buscan restablecer la identidad a través de un grupo primario violento.
Asistimos a cambios importantes en las funciones paternas en el modelo de vida urbano. Desde diversos ámbitos disciplinarios se señala el crecimiento de las “familias monoparentales” (¿es posible seguir hablando de familia cuando sólo existe “un” padre o “una” madre?); se ha modificado la “patria potestad”, que hoy iguala a ambos progenitores; se menciona el aumento de los “hogares unipersonales” (forma de denominar a quienes viven solos por decisión personal), lo cual está modificando los hábitos cotidianos de las grandes ciudades; aumenta la cantidad de hijos que crecen alejados de uno de sus progenitores a causa del incremento de las tasas de divorcios, que en algunos conglomerados urbanos de Estados Unidos han sobrepasado a la de casamientos). Asimismo, las curiosas estadísticas negativas de natalidad en varios países de Europa han modificado el paisaje urbano y la organización de la cotidianidad, dado el reemplazo progresivo de los ambientes de niños por otros de ancianos: no sólo cambian los modos de ejercicio de la paternidad, sino que también estamos frente a una nueva posibilidad de su restricción.
Como es obvio, estos fenómenos van acompañados de rasgos subjetivos nuevos en relación con las funciones de la familia, y sobre todo respecto del padre. Esta situación ha abierto dos problemas que recién estamos comenzando a observar. Por un lado, el vacío que deja en la subjetividad ese debilitamiento de las funciones de la familia es ocupado por las instituciones massmediáticas, que se hacen preponderantes en la generación de identificaciones ideales y modelos de sensibilidad, por lo cual “lo social” ha cobrado una mayor preponderancia en la producción de subjetividad. Por otro lado, los cambios en el lazo social, por la pérdida o atenuación de las identificaciones ideales con el padre –esas que, insisto, no abolían la agresividad pero la organizaban en sus sentidos colectivos e históricos–, generan una violencia más flotante, inespecífica, que tiende a buscar su organización bajo la forma de colectivos de nuevo tipo como bandas, grupos de “autoayuda”, neocomunidades, agrupamientos religiosos o místicos, nacionalismos xenófobos, fundamentalismos políticos o terrorismo.
Al mismo tiempo, se instala progresivamente el imaginario de un poder anónimo (transindividual, transnacional, transempresarial) contra el cual los individuos no pueden actuar, por lo que la lucha y la violencia se desplazan hacia lo que perciben como identificable e inmediato: las relaciones familiares, de pareja, vecinales, interiores a la convivencia. Se trata de una violencia social, pero de localización progresivamente doméstica.

- - -

Actuar sobre las capacidades resilientes tiene un doble carácter: mejorar en el individuo las condiciones y posibilidades de apropiación cultural, y además actuar sobre la cultura misma a fin de desarrollar esos mismos factores de resiliencia que hemos detectado en el individuo. Esta doble intervención es clave, ya que, si sólo nos limitáramos a la detección y desarrollo del individuo que ya se mostró resiliente, no lograríamos actuar sobre la evolución de la cultura misma y las posibilidades resilientes para nuevos individuos.
En la historia de la humanidad, los grandes resilientes han sido aquellos hombres y mujeres que se propusieron cambiar la sociedad y la cultura en que vivían, asumiendo en sí mismos la tarea de plasmar en la sociedad sus propios valores y ambiciones de transformación. Resiliente es quien no se resigna a reproducir las condiciones existentes; su ambición crea el imaginario de un cambio posible, y esto desde ya lo cambia a él como individuo a la vez que impacta sobre el grupo inmediato y señala los comportamientos prácticos para enfrentar la adversidad y sus imposiciones

El sujeto resiliente no es un adaptado y menos aún un inadaptado: es un sujeto crítico de su situación existencial, capaz de apropiarse de los valores y significados de la cultura que mejor sirvan a la realización de su propio anhelo o ambición.



*
Coordinador del Doctorado en Salud Mental Comunitaria de la Universidad Nacional de Lanús. Fragmentos del trabajo “Subjetividad y resiliencia: del azar y la complejidad”, incluido en Resiliencia y subjetividad. Los ciclos de la vida, de próxima aparición (Ed. Paidós).

Publicado el miércoles 6 de octubre de 2004
Gentileza de: http://
www.pagina12web.com.ar/diario/psicologia/9-41680.html

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Si deseas ampliar tu conocimiento sobre este tema, puedes consultar la entrevista realizada al experto en resiliencia Boris Cyrulnik, pulsando aquí. En ella se refiere, entre otros temas, a la "Infelicidad adolescente".

 

g   Sobre el cuento, por Julio Cortázar   g

1. El cuento, género poco encasillable

(...) Nadie puede pretender que los cuentos sólo deban escribirse luego de conocer sus leyes. En primer lugar, no hay tales leyes; a lo sumo cabe hablar de puntos de vista, de ciertas constantes que dan una estructura a ese género tan poco encasillable; en segundo lugar, los teóricos y los críticos no tienen por qué ser los cuentistas mismos, y es natural que aquéllos sólo entren en escena cuando exista ya un acervo, un acopio de literatura que permita indagar y esclarecer su desarrollo y sus cualidades.


2. Ajuste del tema a la forma

(...) Los cuentistas inexpertos suelen caer en la ilusión de imaginar que les bastará escribir lisa y llanamente un tema que los ha conmovido, para conmover a su turno a los lectores. Incurren en la ingenuidad de aquél que encuentra bellísimo a su hijo, y da por supuesto que los demás lo ven igualmente bello. Con el tiempo, con los fracasos, el cuentista capaz de superar esa primera etapa ingenua, aprende que en literatura no bastan las buenas intenciones. Descubre que para volver a crear en el lector esa conmoción que lo llevó a él a escribir el cuento, es necesario un oficio de escritor, y que ese oficio consiste, entre otras cosas, en lograr ese clima propio de todo gran cuento, que obliga a seguir leyendo, que atrapa la atención, que aísla al lector de todo lo que lo rodea para después, terminado el cuento, volver a conectarlo con su circunstancia de una manera nueva, enriquecida, más honda o más hermosa. Y la única forma en que puede conseguirse ese secuestro momentáneo del lector es mediante un estilo basado en la intensidad y en la tensión, un estilo en el que los elementos formales y expresivos se ajusten, sin la menor concesión, a la índole del tema, le den su forma visual y auditiva más penetrante y original, lo vuelvan único, inolvidable, lo fijen para siempre en su tiempo y en su ambiente y en su sentido más primordial.

(...) Pienso que el tema comporta necesariamente su forma. Aunque a mí no me gusta hablar de temas; prefiero hablar de bloques. Repentinamente hay un conjunto, un punto de partida. Hice muchos de mis cuentos sin saber cómo iban a terminar, de la misma manera que no sabía lo que había en la popa del barco de Los premios, y eso vale para todo lo que he escrito.

Es lo que me interesa más: guardar esa especie de inocencia -una inocencia muy poco inocente, si usted quiere, porque finalmente soy un veterano de la escritura- como actitud fundamental frente a lo que va a ser escrito.

No sé si usted ha hecho la experiencia, pero hay escritores que proyectan escribir un libro y se lo cuentan a usted en detalle, en un café, todo está listo, todo planteado: cuando lo escriben, generalmente es un mal libro.


3. Brevedad

(...) el cuento contemporáneo se propone como una máquina infalible destinada a cumplir su misión narrativa con la máxima economía de medios; precisamente, la diferencia entre el cuento y lo que los franceses llaman nouvelle y los anglosajones long short story se basa en esa implacable carrera contra el reloj que es un cuento plenamente logrado.


4. Unidad y esfericidad.

(...) Para entender el carácter peculiar del cuento se le suele comparar con la novela, género mucho más popular y sobre el que abundan las preceptivas. Se señala, por ejemplo, que la novela se desarrolla en el papel, y por lo tanto en el tiempo de lectura, sin otro límites que el agotamiento de la materia novelada; por su parte, el cuento parte de la noción de límite, y en primer término de límite físico, al punto que en Francia, cuando un cuento excede de las veinte páginas, toma ya el nombre de nouvelle, género a caballo entre el cuento y la novela propiamente dicha. En este sentido, la novela y el cuento se dejan comparar analógicamente con el cine y la fotografía, en la medida en que en una película es en principio un "orden abierto", novelesco, mientras que una fotografía lograda presupone una ceñida limitación previa, impuesta en parte por el reducido campo que abarca la cámara y por la forma en que el fotógrafo utiliza estéticamente esa limitación. No sé si ustedes han oído hablar de su arte a un fotógrafo profesional; a mí siempre me ha sorprendido el que se exprese tal como podría hacerlo un cuentista en muchos aspectos. Fotógrafos de la calidad de un Cartier-Bresson o de un Brassai definen su arte como una aparente paradoja: la de recortar un fragmento de la realidad, fijándole determinados límites, pero de manera tal que ese recorte actúe como una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia, como una visión dinámica que trasciende espiritualmente el campo abarcado por la cámara. Mientras en el cine, como en la novela, la captación de esa realidad más amplia y multiforme se logra mediante el desarrollo de elementos parciales, acumulativos, que no excluyen, por supuesto, una síntesis que dé el "clímax" de la obra, en una fotografía o un cuento de gran calidad se procede inversamente, es decir que el fotógrafo o el cuentista se ven precisados a escoger y limitar una imagen o un acaecimiento que sean significativos, que no solamente valgan por sí mismos sino que sean capaces de actuar en el espectador o en el lector como una especie de apertura, de fermento que proyecta la inteligencia y la sensibilidad hacia algo que va mucho más allá de la anécdota visual o literaria contenidas en la foto o en el cuento. Un escritor argentino, muy amigo del boxeo, me decía que en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knockout. Es cierto, en la medida en que la novela acumula progresivamente sus efectos en el lector, mientras que un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases. No se entienda esto demasiado literalmente, porque el buen cuentista es un boxeador muy astuto, y muchos de sus golpes iniciales pueden parecer poco eficaces cuando, en realidad, están minando ya las resistencias más sólidas del adversario. Tomen ustedes cualquier gran cuento que prefieran y analicen su primera página. Me sorprendería que encontraran elementos gratuitos, meramente decorativos. El cuentista sabe que no puede proceder acumulativamente, que no tiene por aliado al tiempo; su único recurso es trabajar en profundidad, verticalmente, sea hacia arriba o hacia abajo del espacio literario. Y esto, que así expresado parece una metáfora, expresa sin embargo lo esencial del método. El tiempo del cuento y el espacio del cuento tienen que estar como condensados, sometidos a una alta presión espiritual y formal para provocar esa "apertura" a que me refería antes.

(...) Cada vez que me ha tocado revisar la traducción de uno de mis relatos (o intentar la de otros autores, como alguna vez con Poe) he sentido hasta qué punto la eficacia y el sentido del cuento dependían de esos valores que dan su carácter específico al poema y también al jazz: la tensión, el ritmo, la pulsación interna, lo imprevisto dentro de parámetros previstos, esa libertad fatal que no admite alteración sin una pérdida irrestañable. Los cuentos de esta especie se incorporan como cicatrices indelebles a todo lector que los merezca: son criaturas vivientes, organismos completos, ciclos cerrados, y respiran.

(...) -¿Cómo se le presenta hoy la idea de un cuento?

-Igual que hace cuarenta años; en eso no he cambiado ni un ápice. De pronto a mí me invade eso que yo llamo una "situación", es decir que yo sé que algo me va a dar un cuento. Hace poco, en julio de este año, vi en Londres unos pósters de Glenda Jackson -una actriz que amo mucho- y bruscamente tuve el título de un cuento: "Queremos tanto a Glenda Jackson". No tenía más que el título y al mismo tiempo el cuento ya estaba, yo sabía en líneas generales lo que iba a pasar y lo escribí inmediatamente después. Cuando eso me cae encima y yo sé que voy a escribir un cuento, tengo hoy, como tenía hace cuarenta años, el mismo temblor de alegría, como una especie de amor; la idea de que va a nacer una cosa que yo espero que va a estar bien.

-¿Qué concepto tiene del cuento?

-Muy severo: alguna vez lo he comparado con una esfera; es algo que tiene un ciclo perfecto e implacable; algo que empieza y termina satisfactoriamente como la esfera en que ninguna molécula puede estar fuera de sus límites precisos.


5. El ritmo

(...) Cuando escribo percibo el ritmo de lo que estoy narrando, pero eso viene dentro de una pulsión. Cuando siento que ese ritmo cesa y que la frase entra en un terreno que podríamos llamar prosaico, me cuenta que tomo por un falsa ruta y me detengo. Sé que he fracasado. Eso se nota sobre todo en el final de mis cuentos, el final es siempre una frase larga o una acumulación de frases largas que tienen un ritmo perceptible si se las lee en voz alta. A mis traductores les exijo que vigilen ese ritmo, que hallen el equivalente porque sin él, aunque estén las ideas y el sentido, el cuento se me viene abajo.


6. Intensidad

(...) Basta preguntarse por qué un determinado cuento es malo. No es malo por el tema, porque en literatura no hay temas buenos ni temas malos, hay solamente un buen o un mal tratamiento del tema. Tampoco es malo porque los personajes carecen de interés, ya que hasta una piedra es interesante cuando de ella se ocupan un Henry James o un Franz Kafka. Un cuento es malo cuando se lo escribe sin esa tensión que debe manifestarse desde las primeras palabras o las primeras escenas. Y así podemos adelantar ya que las nociones de significación, de intensidad y de tensión han de permitirnos, como se verá, acercarnos mejor a la estructura misma del cuento.


7. Objetivación del tema

(...) Un verso admirable de Pablo Neruda: "Mis criaturas nacen de un largo rechazo", me parece la mejor definición de un proceso en el que escribir es de alguna manera exorcizar, rechazar criaturas invasoras proyectándolas a una condición que paradójicamente les da existencia universal a la vez que las sitúa en el otro extremo del puente, donde ya no está el narrador que ha soltado la burbuja de su pipa de yeso. Quizá sea exagerado afirmar que todo cuento breve plenamente logrado, y en especial los cuentos fantásticos, son productos neuróticos, pesadillas o alucinaciones neutralizadas mediante la objetivación y el traslado a un medio exterior al terreno neurótico; de todas maneras, en cualquier cuento breve memorable se percibe esa polarización, como si el autor hubiera querido desprenderse lo antes posible y de la manera más absoluta de su criatura, exorcizándola en la única forma en que le era dado hacerlo: escribiéndola.


8. Temas significativos.

(...) Miremos la cosa desde el ángulo del cuentista y en este caso, obligadamente, desde mi propia versión del asunto. Un cuentista es un hombre que de pronto, rodeado de la inmensa algarabía del mundo, comprometido en mayor o menor grado con la realidad histórica que lo contiene, escoge un determinado tema y hace con él un cuento. Este escoger un tema no es tan sencillo. A veces el cuentista escoge, y otras veces siente como si el tema se le impusiera irresistiblemente, lo empujara a escribirlo. En mi caso, la gran mayoría de mis cuentos fueron escritos -cómo decirlo- al margen de mi voluntad, por encima o por debajo de mi conciencia razonante, como si yo no fuera más que una médium por el cual pasaba y se manifestaba una fuerza ajena. Pero esto, que puede depender del temperamento de cada uno, no altera el hecho esencial y es que en un momento dado hay tema, ya sea inventado o escogido voluntariamente, o extrañamente impuesto desde un plano donde nada es definible. Hay tema, repito, y ese tema va a volverse cuento. Antes de que ello ocurra, ¿qué podemos decir del tema en sí? ¿Por qué ese tema y no otro? ¿Qué razones mueven consciente o inconscientemente al cuentista a escoger un determinado tema?

A mí me parece que el tema del que saldrá un buen cuento es siempre excepcional, pero no quiero decir con esto que un tema debe ser extraordinario, fuera de lo común, misterioso o insólito. Muy al contrario, puede tratarse de una anécdota perfectamente trivial y cotidiana. Lo excepcional reside en una cualidad parecida a la del imán; un buen tema atrae todo un sistema de relaciones conexas, coagula en el autor, y más tarde en el lector, una inmensa cantidad de nociones, entrevisiones, sentimientos y hasta ideas que flotaban virtualmente en su memoria o su sensibilidad; un buen tema es como un sol, un astro en torno al cual gira un sistema planetario del que muchas veces no se tenía conciencia hasta que el cuentista, astrónomo de palabras, nos revela su existencia. O bien, para ser más modestos y más actuales a la vez, un buen tema tiene algo de sistema atómico, de núcleo en torno al cual giran los electrones; y todo eso, al fin y al cabo, ¿no es ya como una proposición de vida, una dinámica que nos insta a salir de nosotros mismos y a entrar en un sistema de relaciones más complejo y más hermoso?

(...) Sin embargo, hay que aclarar mejor esta noción de temas significativos. Un mismo tema puede ser profundamente significativo para un escritor, y anodino para otro; un mismo tema despertará enormes resonancias en un lector, y dejará indiferente a otro. En suma, puede decirse que no hay temas absolutamente significativos o absolutamente insignificantes. Lo que hay es una alianza misteriosa y compleja entre cierto escritor y cierto tema en un momento dado, así como la misma alianza podrá darse luego entre ciertos cuentos y ciertos lectores.

(...) Y ese hombre que en un determinado momento elige un tema y hace con él un cuento será un gran cuentista si su elección contiene -a veces sin que él lo sepa conscientemente- esa fabulosa apertura de lo pequeño hacia lo grande, de lo individual y circunscrito a la esencia misma de la condición humana. Todo cuento perdurable es como la semilla donde está durmiendo el árbol gigantesco. Ese árbol crecerá entre nosotros, dará su sombra en nuestra memoria.

Gentileza de: http://www.ciudadseva.com/

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