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Año III - Número 99 - 6 de diciembre de 2005

Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina
 
 
 

 

El folletín del crimen triste:
los casos del comisario Martello

por Mónica Sacco

Tercera entrega

   

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Los perros. Siempre los perros. Jaurías mostrencas que recorren las calles depredando la basura, aterrorizando turistas y provocando el disgusto de los vecinos, asqueados ante la inconducta del perro ajeno e ignorantes a conciencia de los agravios que comete el propio. No hay quien no abomine de esos monstruos mestizos, grandes como pumas y casi de su mismo color, a veces con un dejo de perdida noble estirpe en el perfil de las orejas o en el rabo peludo y orgulloso.

No hay protesta que valga ante el secreto poderío de las bestias, enseñoreadas del día y la noche de la ciudad. Cuentan con la anuencia de una difusa pero siempre presente "Sociedad Protectora de Animales" para reproducirse a destajo y sin respeto por las buenas costumbres o los calendarios de sanidad animal.

Pareciera que el alegar que son una auténtica molestia es nada más que una frasecita para quedar bien con los damnificados de turno - vecinos con sus jardines estragados por las correrías de los bichos, veredas intransitables gracias al desparramo de basura y restos menos respetables, víctimas de mordeduras de calibre variado, - pero en realidad los defienden a ultranza ante cualquier intento del intendente de turno por hacer un saneamiento ejemplificador entre las huestes del infierno disfrazadas de perro. Hipocresía barata la que defiende a los perros de la calle pero descuida a los chicos de esa misma calle.

Por supuesto, la casta privilegiada también existe entre los cánidos que asuelan el territorio: son los perros de razas puras, lustrosos, enormes y bien alimentados, entrenados para defender las casas de sus amos poderosos y destrozar sin remordimientos al pobre pichicho guaso que osa buscar su magro sustento de desperdicios en territorio vedado. Rugen su poderío a través de las cercas de hierro forjado que rodean las casas señoriales, amenazando a cualquier humano o animal que ose trasponer el límite de la distancia prudente. Ellos no se unen a la jauría comunitaria ya que por lo general son miembros de una propia: ninguno de estos señores feudales modernos ostenta menos de tres o cuatro rottwailers, dobermans u ovejeros alemanes de fino pedigré al borde de la endogamia. Nada de razas menores ni perritos de compañía: esos son para los que no pueden darle de comer o hacer obedecer a un mastín como Dios manda. Porque también es preciso saber mandarlos, lo mismo que a un grupo de soldados especializados, no sea cosa que se vuelvan contra la mano que les da de comer. No cualquiera puede jactarse de semejante hazaña.

En este lugar, la soberbia y la envidia pasan por los perros. El castigo, también.

 

 

 3.-

Llamar "chalet" a "El Aguila" era de un simplismo intelectual sospechoso. Se accedía por un camino privado - punto explícitamente aclarado mediante un cartel más parecido al "Verboten" de un campo de concentración que a una advertencia para curiosos - , que trepaba por una cuesta empinada hasta un mirador natural, escondido de la indiscreción urbana por los árboles y la ubicación estratégica. Las cocheras estaban ubicadas en la planta de servicio y al piano nobile  se accedía por una explanada que al recorrerse a pie, permitía apreciar los exteriores magníficos de la mansión de tres plantas construída en piedra y coronada por dos torres esbeltas, una en cada extremo del frente. Durante una fracción de segundo la luz lo engañó y creyó ver un ave enorme  posarse sobre el muro que recorría el espacio entre las dos torrecitas. Al acercarse se dio cuenta de que era un águila de piedra con las alas extendidas. Claro, salame, si se llama “El Aguila”, ¿qué esperabas encontrar, una lechuza?

Martello miró su reloj, miró los perfiles de la construcción dulcificados por el sol que ya estaba terminando de asomar y cayó bajo el hechizo de su belleza eternizada en granito. Golpeó y cuando le abrieron la puerta, casi tartamudeó al presentarse. Alvarez Marcelino,  que le hacía de chofer, ni siquiera se había atrevido a bajarse del auto y se había quedado en el nivel de cocheras.

- Co-comisario Martello.

- Pase, pase,- murmuró una mujer vestida con uniforme negro puesto a las apuradas: tenía los botones corridos respecto de los ojales y le sobraba uno de cada uno.

- ¿La señora Grünebaum...?

- Está con el dotor. Tuvo que darle un sedante, ¿sabe?

- Me imagino...¡Espere! - llamó a la mucama que se apuraba a escurrirse por el recibidor - Mientras la señora se recupera - inspiró para tomar coraje,- necesito ver... el lugar de los hechos.

La mujer lo miró con mirada bovina y Martello tuvo que repetir el concepto en términos más crudos.

- Tengo que ver el cuerpo.

Esta vez la mujer asintió y señaló la puerta de entrada.

- Por ahí ajuera,- hizo señas hacia la derecha.-  Todavía 'tán los bomberos.

Martello identificó el acento de la mujer como guaraní suavizado por la distancia. ¿Paraguaya o misionera? El oficial de bomberos que se acercaba lo sacó de sus cavilaciones. Se saludaron y juntos fueron hasta los caniles detrás de la casa.

En medio del embaldosado yacía un bulto cubierto por un rectángulo de plástico negro. Más alejados, los cuerpos de los cuatro perros mostraban las huellas de balazos. Martello se acercó primero a los animales y pudo contar disparos en costillares, ancas y cabezas. No había sido fácil liquidarlos.

Con renuencia levantó la cubierta ominosa para espiar el cadáver de Grünebaum y lo que vio no le hizo envidiar la forma de morir. Durante menos de un segundo experimentó el mismo horror viscoso que cuando había visto el cuerpo mutilado de Gaudet clavado al tala y la sensación lo puso alerta, del mismo modo que si le hubieran rozado la espalda con un cubito de  hielo. 

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