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Año III - Número 95 - 11 de octubre de 2005

Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina
 
 
 

 

El folletín del crimen triste:
los casos del comisario Martello

por Mónica Sacco

Primera entrega

   

 

L

a ciudad es un dibujo de Escher: parece tener tres dimensiones pero es nada más que una ilusión óptica fabricada por la mano de un artista de mente sinuosa. Su atroz realidad está constituída por las dos dimensiones del plano inexorable del que no puede escapar aunque lo intente. Al principio el ojo es engañado y disfruta de sus idas y vueltas y de sus recovecos misteriosos que, uno supone,  evocan historias perdidas; se divierte con las escaleras imposibles que suben y bajan al mismo tiempo, recorridas por transeúntes inmunes a las leyes de la gravedad y sonríe al ver rostros curiosos asomados a ventanas abiertas hacia un universo tergiversado.

La ilusión del dibujo dura hasta dar vuelta la página y poner la atención en la lámina siguiente, que muestra otra paradoja ilustrada. La ciudad, en cambio, continúa ahí, impertérrita, estólidamente pertinaz en su tozudez violatoria de las leyes físicas. Calles que no van a ninguna parte, curvas que desembocan en llanos sin caminos, miradores asomados a valles inalcanzables. Juegos de luces y sombras que provocan una falsa sensación de profundidad y vida en las ventanas entreabiertas, en las puertas entornadas y en los rostros entrevistos detrás.

Se puede buscar eternamente y no encontrar nada más que la plana cartesianidad de ese universo poblado de seres tan planos y tan atrapados como él mismo en sus trazos despiadados. Porque sólo un demiurgo

 igualmente despiadado podría haber condenado a seres humanos a esa nada impalpable, que respiran pero no ven, que recorren sin saber que no hay escape posible, en donde creen vivir pero únicamente transcurren como meros borrones hasta que el dibujante-demiurgo decida borrarlos, tacharlos o cambiar su génesis con un movimiento de su pincel.

Viven su imitación de vida, ocupados en conocer más de la vida de los demás que de la propia, eternamente asomados a la baranda de una escalera que sube o baja según la perspectiva, espiando a la ventana de arriba o abajo desde donde son espiados sin saberlo. En la ciudad escheriana todos viven ansiando vivir la vida de los otros, creyendo que es distinta y no saben, no pueden saber, que el otro son ellos y ellos son el otro en la ventana entreabierta y detrás de la puerta entornada, asomados al balcón de otro que es el propio disfrazado.

Y creen que se odian, pero las dos dimensiones no son suficientes para albergar un sentimiento semejante, tan multidimensional y desequilibrado en su pasión. El odio es tan complejo y tan no-lineal como el amor y por esa misma razón tampoco aman. El único sentimiento que prueban es a la vez un un pecado capital. Envidia. Envidian la puerta del otro, la escalera más alta o con más vueltas; la casa con más ventanas, la figura mejor dibujada, el trazo mejor definido del otro, sin saber que el otro envidia de ellos el peldaño de la escalera en el que están parados, los postigones que entreabre para asomarse o el trocito que cielo dibujado que asoma en el ángulo imposible de alguna ventana abierta a la nada. Conspiran inútilmente para derribar muros, tomar posiciones y emplazar sus máquinas de asalto ante el castillo del de enfrente o abajo y conquistar ese sitial que creen está más alto y permite una mejor vista, sin saber que por estar condenados a la no-espacialidad, no hay arriba ni abajo, adentro o afuera, mejor o peor.

Yo sí sé. Sé de sus pequeñas, ínfimas maquinaciones estériles, de su mezquindad hacia los otros que no es más que el reflejo especular de la mezquindad de los otros hacia ellos. Conozco los objetos de sus envidias destructivas, suscedáneas del verdadero deseo. Conozco sus historias pequeñas y sin más sentido que el de vivir para provocar, ¡al fin! la envidia de los otros que les dé la sensación de estar vivos. 

Voy a hacer algo por ellos. Tanta obstinación en parecer lo que no se es merece un premio y yo voy a dárselos. Cobardes, esperan que una Némesis ineluctable lleve a cabo lo que su sacrosanta envidia anhela, acabando con los que tienen algo más, mejor, más alto, más rico, distinto, porque no tienen el valor de hacerlo con sus propias manos. Envidian lo diferente porque no pueden ser diferentes a lo que son, necios encerrados en sus pobres ejes ortogonales y planos. He decidido darles lo que piden desesperadamente. Seré el ideólogo y el brazo ejecutor pero no tendré motivos propios. Me limitaré a los motivos ajenos, grandes o pequeños, justificados o injustificables. No habrá pasión en mis actos, sino que reflejaré la que ellos tengan en su anhelo de ver al otro acabado y gozar de su triunfo. Les daré ese triunfo que no se atreven a alcanzar por miedo al "qué dirán". Los haré felices. Voy a enseñarles el odio.

 

1.-

 

El comisario Hugo O. "Loco" Martello levantó la vista de los papeles que tenía delante para mirar de nuevo al cabo Cáceres. El uniforme de Cáceres estaba a punto de deflagar y en cualquier momento los botones iniciaban un Big-Bang microcósmico a la altura de la barriga macrocósmica del cabo, adquirida a fuerza de pizza, facturas, cerveza y mates asquerosamente dulces para pasar las horas muertas en la Regional.

- Estoy ocupado, Cáceres. Necesito terminar esta puta planificación para el viernes. ¿No pueden ocuparse ustedes? ¡Agarren el móvil y déjenme de joder!

Cáceres, impertérrito como el busto de yeso del Juan Vucetich que adornaba la entrada de la Regional e ineluctable como el Gotterdamerung,  retrucó con placer casi orgásmico.

- Estamos sin nafta.

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