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Año IV - Número 115 - 28 de marzo de 2006

Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina
 
 
 

 

El folletín del crimen triste:
los casos del comisario Martello

por Mónica Sacco

Sexta entrega

   

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6.-

Hoy me voy a comer al "Belvedere",  Martello decidió, a medio camino entre el hambre y las ganas de comer. Y de paso, ves a Magda y hacés doblete, ¿no?,  lo pinchó su conciencia. Se rspondía a sí mismo con un gesto desdeñoso cuando entró Alvarez con una pila de papeles. El novato lo miró, dejó los papeles encima de una pila más vieja y salió a la carrera, no fuera cosa que los demonios que poseían al comi y lo hacían murmurar solo y gesticular, lo atacaran a él, víctima inocente que había elegido la carrera porque era un empleo seguro y con obra social.

El poseso se puso a firmar papeles como un idem, pasando la vista más que leyendo cada hoja, formulario, expediente o vale de caja chica. Quería irse temprano, bañarse y ponerse una remera que había comprado quince días atrás en el shopping más nuevo de la capital y todavía no había estrenado. Por supuesto, ni pensaba admitir que estaba coqueteando: eso es de histéricos.  El sello de la oficina del forense de la carpeta siguiente terminó con sus veleidades de dandy: era el informe complementario de la autopsia de Gaudet.

Las primeras páginas confirmaban los supuestos del informe preliminar y las pasó a toda velocidad. ¿Algo nuevo? Los pelos encontrados en el tapizado del auto eran artificiales. Los vellos púbicos entremezclados con los del muerto, no. Las primeras pruebas indicaban que se trataba de vello femenino pero harían falta estudios de ADN para confirmarlo. También podían pedirse estudios de ADN para las mucosas genitales y bucales, aunque los resultados demorarían. En una nota manuscrita dirigida a él,  Lynch señalaba la posibilidad de mandar muestras a Estados Unidos para obtener un perfil, si el juez de instrucción lo autorizaba. 

Martello miró la hora y llamó al juzgado. El tono de voz del juez Litvik al responderle habría podido calificarse de cualquier cosa menos amable. Martello sospechaba que Litvik se había enterado de sus averiguaciones relacionadas con el caso Grünebaum - por lo menos, las concernientes al Registro Civil - , y se cuidó de mencionar el tema tanto como de mearse en la cama. Haciendo gala de exquisita diplomacia, hizo la consulta por los estudios de ADN del caso Gaudet. Súbitamente entusiasmado con la causa, Litvik convino en autorizar el envío de las muestras al exterior tan pronto como se lo solicitaran.

Martello empezó a hacer dibujitos en su anotador. ¿Cuál había sido la secuencia de los hechos?  Gaudet está en el auto con la mujer, el asesino los sorprende, los ataca, la mujer escapa pero el empresario, no. ¿Cómo los encontró? ¿Los siguió? ¿Los estaba esperando?

Trazó una escena mental: Gaudet está en el auto con la mujer; están en medio de la jarana y aparece el homicida. La mujer se aterroriza y se escapa, el tipo lleva a cabo la carnicería y se va. ¿Cómo se fue la tipa? ¿A pie, corriendo desde el cerro? El tipo la hubiera alcanzado y la hubiera liquidado...Y si no, de cualquier forma la conocia y podía buscarla.  Mierda, ¿y si fue así? Tengo un cadáver pudriéndose en algún barranco lleno de espinillo y tala. No podía descartar la hipótesis así no más: habría que buscar. Habría que revisar las denuncias de desaparición de personas y ver si surgía una posible coincidencia.

¿Y si el asesino había usado a una mujer como anzuelo? ¿Alguna que Gaudet ya conocía? ¿Una pendejita? ¿ Una ex? En cualquier caso, la tipa era como mínimo cómplice de homicidio. Partícipe necesario, diría el juez. ¿Por qué no? Salen juntos, cachondeo y menendeo y entonces aparece el otro. Lo liquidan y se van, tan contentos. ¿Quiénes son? Yo pondría unas fichitas a alguna deuda vieja. Dios santo, habrá que ir a revolver mierda antigua y verificar coartadas hasta de los santos de yeso de la iglesia. Esa era la peor parte y era para la que necesitaba los nombres que González le había prometido conseguir. Y de paso, comprobar la coartada del mismo González, porque uno nunca sabe...  Y ya que estamos, ¿por qué la tipa usaba peluca? Uno, porque era una prostituta que se pone peluca para trabajar; dos, porque no quería que la reconocieran a primera vista si la veían con Gaudet. Dibujó un asterisco grandote junto a la segunda hipótesis.

Con el rabillo del ojo vio el bulto envuelto en azul terroso y levantó la cabeza para tropezar con un uniforme que a duras penas contenía la humanidad de Cáceres. Me parece que está más gordo.

- Diga, cabo.

- Afuera está González del Río. Quiere verlo.

- Hágalo pasar. - Juntó los papeles en una pila prolija, separando los pendientes y metió debajo el informe de Lynch.

González entró escoltado por el cabo, que cogoteaba por encima del hombro del otro tratando de dilucidar el motivo de la visita. Martello le tendió la mano y le señaló el sillón mientras cerraba la puerta encima de la barriga de Cáceres. ¿A que se queda pegado a la puerta escuchando? Durante una décima de segundo tuvo la tentación de abrir de golpe para agarrar in flagranti delicto al sospechoso, pero eligió la vía diplomática y abrió con suavidad para pedir dos cafés. Cáceres, que estaba a dos centímetros de la solia en clara actitud de escucha policial, se puso colorado como un tomate y sacudió la cabeza con fervor mientras pegaba media vuelta march camino de la cafetera.

- Estuve buscando la información que me solicitó,- anunció González y paró para tomar aire.
Martello no abrió la boca y juntó ambas manos en plegaria, en actitud de atención.

- Pensé que podríamos reunirnos... en alguna parte,... para que... analicemos los... datos. - González estaba sudando.

Martello tuvo una idea brillante, o al menos eso le pareció en ese momento.

- Hagamos una cosa. Lo invito a cenar a un lugar tranquilo y ahí hablamos.

- Bien, bien,- González suspiró de agradecimiento.

- Me hubiera llamado al celular en lugar de venir.

- Sí, ya sé, pero, bueno, pasaba por acá y... bueno, le quise avisar...

 Y tenés un cagazo encima que no se puede creer. El comisario se puso de pie para despedir a González.

- ¿Le parece bien a las nueve y media? - el otro asintió.- Lo espero en "El Belvedere". - A Martello no se le escapó la mueca de disgusto apenas contenida de González.  ¿Qué tal si de paso te hago pagar la cuenta? Se mordió para no sonreir.

Cuando González abrió la puerta para salir, Cáceres estaba paradito en posición de firmes con un montón de carpetas en la mano. Martello midió al cabo con expresión insondable, pero el cabo era inmune a cualquier tipo de sutileza.

- Le traigo estos expedientes para firmar, comisario.

¿Cuánto hace que estabas parado ahí, Cáceres?

 

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