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Año IV - Número 107 - 7 de febrero de 2006

Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina
 
 
 

 

El folletín del crimen triste:
los casos del comisario Martello

por Mónica Sacco

Quinta entrega

   

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5.-

La cucaracha entró en el campo visual de Martello por el lado izquierdo: primero las antenas temblorosas, después una pata inquisitiva, tantearon el terreno. La audacia del bicho hizo que el comisario dejara el teclado y se olvidara de que todavía estaba conectado a Internet - con el consecuente gasto de telefonía a cargo de la Regional - , para apreciar al ejemplar. Los misteriosos sentidos insectiles le dijeron a la cucaracha que podía avanzar por el borde del monitor sin correr riesgos inmediatos y se lanzó a una carrera impecablemente rectilínea. Martello la miraba con esa fascinación atroz que provoca lo monstruoso. Brillante, casi charolada, microcefálica de cuerpo desproporcionadamente enorme, era digna de un museo de Ciencias Naturales. Quién sabe si los escarabajos sagrados egipcios no serían cucarachas, fantaseó el comisario. Un bicho tan persistente, eterno receptor de los chancletazos de la Historia  - ¿lo dijo García Márquez? Carajo, no me acuerdo. Tendría que buscar el libro y... -, el sobreviviente por antonomasia, merecía la adoración de alguna secta oculta y subterránea. Esperó a que la Matusalén de las cucarachas se bajara del monitor para sacudirla del escritorio con un expediente y propinarle el correspondiente certero pisotón. El bicho hizo ruido a cáscara de huevo y una sustancia blancoamarillenta apestosa se esparció alrededor del ¿cadáver?, ¿cuerpo?  ¿Es que los insectos tienen derecho a tener un cuerpo muerto o un cadáver? Pateó los restos malolientes del bicho lejos de sí y volvió a la pantalla.

"Las brigadas caninas de las SS"; "Brigadas caninas paramilitares nazis durante la 2° Guerra Mundial"; "Rangos e insignias de la Schutzstaffel (SS)". "Registro Nacional de Migraciones". Guardó las páginas en un disquete para seguir trabajando en casa. Eso había sido fácil. Lo que seguía, quizás no tanto. Los Registros Civiles dan información, cierto, pero no así nomás. No señor: hay un procedimiento, ¿o no? Y aunque se trate de una investigación policial, el procedimiento debe cumplirse porque para eso está, ¿o no?. El jefe-primero-de-dos-empleados-cadete de la oficina del Registro Civil de la ciudad había puesto la cara de culo reglamentaria ( ¿o procesal?)  ante el pedido de informes.

- Va a tardar...

- No hay problema. Vuelvo cuando usted me diga.

- Y... Venga el viernes. - Era martes.

- Bueno. Hasta el viernes.

Y mientras tanto, podía hacer otro pedido de información al Registro Civil correspondiente al domicilio del juez Litvik. Por supuesto que mucho más elíptico que el primero, simple y directo.

De vuelta del Registro, entraba a su oficina pensando en cómo formular el dichoso pedido de informes y se encontró con una manifestación de hormigas que descendía desde una rajadura en la pintura del techo y se apelotonaba formando una montañita viviente, allí en donde había estado la cucaracha. La puta que las parió, ni que hubieran venido al velorio. Pidió insecticida y cuando Bustos llegó con el tarro de aerosol y vio la escena, lo amonestó.

- ¡Pero jefe, cómo la va a matar en la oficina! ¿No ve que empezó el calor y las hormigas andan como locas? ¡Están desesperadas buscando comida!

- ¿Y qué quiere que haga, Bustos, que críe cucarachas para que no entren las hormigas a comérselas?

- No, jefe, no. Tiene que abrir la ventana, nomás. Son de las voladoras. Se van y listo,- aseguró Bustos, imbuído de saber popular.

Ahora el piso de la oficina estaba regado de miguitas negras retorcidas, esparcidas alrededor de una cucaracha aplastada y a medio devorar. Pidió que alguien viniera a limpiar y miró la hora: tenía que encontrarse con González del Río en las oficinas del canal de cable. Avisó que salía y que podían localizarlo con la radio o el celular.

 

Lo que pomposamente la - también pomposa- secretaria de CableStar llamaba "despacho del señor director", era una pecera con cortinas "Miniband" y puerta-placa enchapada en imitación roble, con un rectangulito de bronce que señalaba el nombre y cargo de su ocupante. La secretaria abrió la puerta y le cedió el paso, mientras Lauro González - Martello había elegido descartar el "del Río" - hablaba por teléfono haciendo gestos ampulosos. Haciéndose el hombre de negocios importante. El viejo truco, ¿eh?, pensó Martello mientras le sonreía al director del multimedia. 

 

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