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Año III - Número 101 - 20 de diciembre de 2005

Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina
 
 
 

 

El folletín del crimen triste:
los casos del comisario Martello

por Mónica Sacco

Cuarta entrega

   

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4.-

- Comisario, llegó el informe de la autopsia de Grünebaum.

- Gracias, Cáceres.

El informe no dejaba dudas sobre la causa de la muerte. Una de las dentelladas afectaba fatalmente la región del cuello; otra, había perforado la arteria poplítea de la pierna izquierda, provocando una hemorragia que lo hubiera matado de todos modos. Había marcas y desgarros en los antebrazos y muslos, señal de que Grünebaum había intentado defenderse. La sangre encontrada en el lugar pertenecía tanto al muerto como a los animales. Fin del reporte. ¿Y los perros?  Llamó al forense, que casi lo mandó al carajo al preguntarle por los animales.

- ¿Qué se cree, Martello, que no conozco mi trabajo?

- Pero podría haber algo que...

- Mire, - el otro lo paró en seco,- las autopsias las ordena el juez, ¿cierto? Hice lo que debía hacer y más, usted leyó el reporte. Los bichos no son asunto mío y si correspondiera hacer algo, cosa que dudo, eso tiene que dictaminarlo el juez. Y yo no soy veterinario. - Lynch casi no le dio tiempo a disculparse y colgó con un "Hasta luego" molesto.

El juez de instrucción de la causa era Rubén Litvik, con el que Martello no había empezado con el pie derecho. Yahvé era celoso de Litvik y Litvik era celoso de su trabajo. De hecho, lo hacía ejemplarmente bien pero no había nada peor que pedir detalles no solicitados por Su Señoría en las pericias. Cada vez que algún idiota - por ejemplo, yo,- osaba hacerlo, Litvik se sentía ofendido en su buen nombre y honor y atacado en su responsabilidad por sus actos ante Yahvé, y nadie en su sano juicio se atrevería a interponerse entre el juez Rubén Litvik y su Dios.

Martello decidió que no quería discutir con el juez, no por el momento, y eligió una vía lateral para seguir adelante. Vamos a ver qué nos dice la viuda.

-  Azucena, tengo que hablar con la señora.

- Mi patrona no 'ta bien.- se plantó la paraguaya.

Bueno, parece que habrá que hacer intervenir a la fuerza pública.

- ¿Prefiere que la cite en la comisaría? - La mujer abrió enormes los ojitos de orozuz .- ¿Que pase la vergüenza de tener que ir a la regional a declarar?

Azucena sacudió la cabeza.

- Le voy a llama'.- Y lo guió desde la recepción al salón.

Ulrica Grünebaum apareció en el vano de la puerta y la habitación se llenó con su presencia. Alta, altísima, el cabello blanco y corto peinado hacia atrás le despejaba la frente orgullosa y hacía más penetrante su mirada de azul cobalto. Caminaba con parsimonia pero sin impedimentos, una reina viuda de ochenta años llevados con majestad.

- ¿Comisario Martello?

Martello percibió un dejo gutural en la voz de la mujer, que el tiempo transcurrido lejos de su patria no había podido suavizar.

- Señora Grünebaum. Lamento tener que molestarla en esta situación pero es muy importante...

- Comprendo perfectamente, comisario,- lo interrumpió mientras se sentaba y le hacía señas para que él hiciera lo mismo. 

- Trataré de ser lo más breve posible.

- Haga lo que tenga que hacer. - se acomodó en el sillón.

- ¿Su marido salió la noche  en que murió?

- Sí. Los martes era el día de encuentro con sus amigos.

- ¿ Siempre en el mismo lugar?

- No. Iban a distintos sitios a cenar. A recordar viejos tiempos,- esbozó un gesto melancólico.

- ¿Le molestaría darme una lista de los amigos de su marido?

- En absoluto.- Se levantó a buscar papel y una lapicera en un mueblecito y comenzó a anotar mientras él continuaba preguntando.

- ¿Alguna vez le hablaba de esos encuentros?

- Por supuesto, siempre los comentábamos cuando volvía a casa.

- ¿Aunque llegara tarde?

- Los viejos dormimos poco. Acá tiene. No son muchos - en la lista había cinco nombres.- Ya estamos todos viejos y, bueno... algunos ya no están.

Martello pasó la vista rápidamente por los nombres antes de doblar y guardar el papel: ninguno que él tuviera ya registrado.

- Y además de las salidas de los martes, ¿tenía algún otro tipo de reuniones o salidas de las que usted no participara o...? - Luchaba por encontrar un término suave cuando lo sorprendió la sonrisa fría de Ulrica.

- Estuvo hablando con Azucena.

- Estuve hablando con todo el personal de la casa.

- Azucena tiene una idea muy particular acerca de las actividades de mi marido y cuando se le mete algo en la cabeza, es muy difícil sacárselo.

- Bueno, a veces...

- Comisario,- Ulrica elevó apenas el tono de voz, - puedo asegurarle que yo conocía perfectamente todas las actividades de mi marido. Gerhard siempre me mantuvo al tanto de lo que hacía. De todo lo que hacía,- recalcó.

Martello sintió que se le erizaban los pelos de la nuca. ¿Qué mierda quería decir esa mujer? Era imposible que desconociera el escándalo que vinculaba a Grünebaum con Gaudet y los demás implicados en la causa por corrupción de menores. ¿Era eso? ¿No le importaba? ¿Qué clase de persona era? Siguió hablando sin poder ocultar del todo el desagrado en su voz.

- Señora, imagino que está al tanto del caso de corrupción de menores en el que se vio involucrado su esposo hace unos años. 

- Por supuesto que estoy enterada. Basura, pura basura. El pasatiempo favorito en este lugar es hablar mal del prójimo. A Gerhard no le probaron nada,- levantó el mentón, desafiante.

- Y usted le creyó a su marido.

- ¡Claro que sí! Nunca, en nuestros años juntos, hemos tenido una disputa conyugal. Gerhard y yo siempre estuvimos de acuerdo con lo que el otro decía o hacía.

Alguna vez había escuchado algo parecido en la boca de la esposa de alguien y la memoria le hizo el favor de traerle el recuerdo: la mujer de un militar de alto rango acusado de represión en los años de plomo. Impunidad, esa era la palabra. No era nada más que confianza. Lo que Grünebaum hubiera hecho le importaba un comino a su mujer mientras ella viviera en paz, en el medio social que prefería y con las prebendas a las que estaba acostumbrada. En ese sentido, Ulrica era tan culpable como su finado.

- ¿Alguna vez le fue infiel su marido?

Ella lo miró con lástima.

- No.

- ¿Y usted?

Más lástima.

- Tampoco.

Decidió cambiar el rumbo de las preguntas.

- ¿Alguna vez habían tenido problemas con los perros?

- Jamás - categórica. - Gerhard tenía una mano especial para los animales. Tuvo a su cargo las brigadas caninas así que conocía a la perfección su trabajo.

- ¿En dónde? - preguntó el comisario antes de tener tiempo de pensarlo.

- En la Wehrmacht,- respondió la mujer con naturalidad.

 

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